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Los combustibles fósiles.
Factor de globalización. La era de los combustibles fósiles se caracteriza por un modelo organizativo vertical motivado por los obstáculos
que plantea el control y la explotación de unas formas de energía que resultan difíciles de encontrar. Los extraordi-
narios costes asociados al procesamiento del carbón, el petróleo y el gas natural exigían grandes cantidades de
capital de inversión y han llevado a la formación de empresas energéticas gigantescas.
En la actualidad, ocho megacompañías -tanto de capital privado como público- controlan la circulación de la
energía en todo el mundo. Al centralizar el poder sobre los recursos energéticos de la Tierra, las compañías ener-
géticas han creado unas condiciones favorables para las economías a escala y para la centralización de la actividad
económica en todas las demás industrias.
La quema de combustibles fósiles también ha acelerado la vida comercial. La necesidad de gestionar la mayor
densidad y movilidad del comercio humano ha contribuido a asentar la formación de empresas comerciales altamente
centralizadas y jerarquizadas.
En la actualidad, menos de quinientas empresas globales controlan buena parte de la actividad económica del
planeta. La globalización representa el estadio final de la era de los combustibles fósiles, un periodo en el que cada
vez son menos las instituciones corporativas que gestionan tanto el flujo de energía como la actividad económica
en las comunidades de todo el mundo.
La globalización es la dinámica que define nuestra época. Sus defensores la ven como el nuevo gran avance
económico de la humanidad y como una forma de mejorar las vidas de las personas en todo el mundo. Sus críticos
ven en ella el máximo exponente del dominio que ejercen las empresas sobre la vida de la sociedad y un instrumento
dirigido a aumentar la distancia entre los que tienen dinero y los que no.
Las compañías transnacionales, con la ayuda de las naciones del G-7, están presionando para modificar las regu-
laciones y los estatutos gubernamentales que según ellos limitan el libre comercio. Cada vez más antiglobalizadores
se lanzan a la calle para protestar ante lo que consideran el desmantelamiento sistemático de las normas medioambien-
tales y laborales diseñadas para proteger las comunidades ecológicas y humanas de la Tierra de la rapacidad de las
empresas.
Los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre del 2001 y sus consecuencias inmediatas han axacerbado las
tensiones que rodean la globalización y han aumentado la sensación de vulnerabilidad de todos en un mundo que se
presenta cada vez más incierto e inseguro.
A pesar del desacuerdo y de la polarización crecientes, se han realizado escasos esfuerzos dirigidos a analizar con
seriedad los factores básicos que se encuentran detrás del proceso globalizador y las enconadas reacciones que sus-
cita.
Aunque son varias las perspectivas desde las que se puede entender la globalización, ninguna es tan importante
como el equilibrio energético. A veces olvidamos que sin los combustibles fósiles la globalización habría sido impo-
sible. La energía de los combustibles fósiles ha permitido recortar de forma radical los tiempos y las distancias en la
actividad comercial, lo cual ha hecho posible que la explotación de las materias primas y la mano de obra, así como la
comercialización de los servicios y productos manufacturados, tenga lugar en un mercado mundial único.
El Imperio del Petróleo.
La industria petrolera es el negocio más importante del mundo, con un valor estimado de entre dos y cinco billones
de dólares. El petróleo es la partida más importante en la balanza comercial de la mayoría de los países. Tres de las siete
compañías más grandes del mundo que cotizan en bolsa son compañías energéticas.
Los años 1999 y 2000 vieron la creación de lo que los analistas de la industria llaman compañías energéticas "super
major". El mercado mundial de la energía está dominado por tan sólo diez o doce compañías, entre super-majors" y com-
pañías petroleras estatales.
El hecho que sean tan pocas las compañías que controlan el flujo energético en la economía hace que estén en una
posición única para dictar sus términos a todas las demás empresas que forman el tejido industrial. En una economía
nacional y global controlada por un número cada vez más reducido de jugadores en todos los campos e industrias, las
compañías energéticas se encuentran cómodamente instaladas en la cúspide de la pirámide global, ya que son ellas las
que reparten la energía que mantiene en funcionamiento todas las demás actividades económicas.
La concentración corporativa de poder sobre el comercio mundial aumenta constantemente. Cada año que pasa dismi-
nuye el número de jugadores que dominan la economía internacional. De las 100 principales economías que existen actual-
mente en el mundo, 51 son corporaciones y sólo 49 corresponden a países. Las ventas combinadas de las 200 principales
compañías superan la suma de las economías de todas las naciones del mundo, excluyendo las 10 más ricas. Las ventas de
las cinco principales corporaciones superaron en 1999 el PIB de 182 países.
Frente al mito popular de que las posiciones dominantes en el mercado cambian constantemente de manos a medida que
las viejas economías van siendo arrinconadas y sustituidas por otras de nueva creación, el hecho es que la mitad de las
organizaciones que figuraban entre las 200 compañías más importantes en 1983 seguían estando en la lista en 1999, aunque
a veces con el nombre cambiado como consecuencia de las fusiones.
A la entrada del s.XXI un buen número de industrias básicas estaban controladas por menos de diez compañías globales.
La consolidación y la centralización del poder económico ha ido siempre de la mano del aumento del flujo energético y es
probable que siga adelante hasta que la producción global del petróleo toque techo en algún momento de la próxima década.
En ningún otro momento de la historia ha habido tantos seres humanos en el mundo cuya supervivencia y bienestar depen-
diera de un número tan reducido de instituciones. Estas instituciones, a su vez, existen gracias al flujo continuado de com-
bustibles fósiles - en especial el petróleo -, que mueve todos los aspectos de la vida comercial moderna.
La era de los combustibles fósiles ha creado las instituciones de dirección y control más centralizadas y jerarquizadas de la
historia para administrar su régimen energético.
Un sistema crítico.
La subida de los precios del petróleo en los años setenta y ochenta fue una de las principales causas de la escalada
de la crisis de la deuda externa en los países del Tercer Mundo. Incapaces de pagar los elevados precios del petróleo
en los mercados mundiales, los países en vías de desarrollo se vieron forzados a pedir miles de millones de dólares en
forma de préstamos de instituciones públicas y privadas para pagar las encarecidas importaciones de petróleo y los
crecientes costes de todas de todas las actividades relacionadas con las abultadas facturas energéticas.
El peso de la deuda se ha hecho mayor en los últimos años a medida que los países en vías de desarrollo han pasa-
do a ser todavía más dependientes del petróleo extranjero para modernizar sus economías industriales y cubrir las ne-
cesidades de sus crecientes cifras de población urbana. Muchos de los países más pobres del mundo dedican actual-
mente más dinero a devolver deudas pasadas que ha prestar que ha prestar servicios humanos básicos. El resultado
es una espiral descendente irreversible de pobreza y desesperación.
Los activistas que han participado en los recientes foros sobre el desarrollo global han coincidido en señalar la cri-
sis de la deuda externa en el Tercer Mundo como el signo más visible de las desigualdades que genera la globalización
y reclaman la cancelación de la deuda externa de los países pobres.
Así pues, el régimen energético de los combustibles fósiles es tanto la fuerza vital que hace posible la globalización
como uno de los principales factores responsables de la creciente distancia entre los países ricos y pobres del mundo.
También hay que tener en cuenta que, a medida que una sociedad madura y envejece, la cantidad de energía requerida
para su mantenimiento es mayor, lo que significa que queda menos energía disponible para la innovación y la expansión.
Cuanto más evolucionado y complejo es el organismo social, mayor es la cantidad de energía que se requiere para su man-
tenimiento.
El descenso esperado en la producción global de petróleo crudo convencional se recorta sobre el fondo de otras dos
fuerzas potencialmente desestabilizadoras: el auge del fundamentalismo islámico en Oriente Medio (?) y el resto del mundo,
y el creciente calentamiento del clima de la Tierra provocado por la quema de combustibles fósiles. Los efectos sinérgicos
de cada uno de estos tres fenómenos sobre los demás serán cruciales para determinar las perspectivas de la civilización
humana en el siglo actual.
Y con fecha de caducidad.
Actualmente, la infraestructura global creada para explotar los combustibles fósiles y para gestionar la actividad
industrial está comenzando a envejecer y amenaza con desmoronarse. Las fisuras aparecen por todas partes y crece la
preocupación ante la posibilidad de que dicha infraestructura no aguante mucho tiempo más. Algunos geólogos empie-
zan a apuntar la posibilidad de que el propio sistema entre en colapso.
En la actualidad, hay alrededor de 1.500 yacimientos petrolíferos grandes y gigantes en el mundo. Entre todos contie-
nen el 94% de todo el petróleo crudo conocido. Los 400 yacimientos más importantes contienen entre el 60 y el 70% del
total. Desde 1980 sólo se han descubierto 41 de estos yacimientos. La conclusión final es que a estas alturas todo el
mundo ha sido objeto de una explotación exhaustiva y ha quedado claro que no quedan nuevas regiones por descubrir
comparables al Mar del Norte y Alaska. El descubrimiento de nuevos yacimientos petrolíferos en todo el mundo alcanzó
su punto culminante en 1962 y, desde entonces, no ha cesado de bajar. La edad de oro del petróleo ya ha quedado atrás.
Eso no significa que no se sigan descubriendo pequeños yacimientos, pero no serán suficientes como para compensar
el descenso continuado del inventario mundial de reservas probadas.
Todos estos datos resultan más inquietantes aún si tenemos en cuenta que la demanda mundial de petróleo crudo se
sitúa actualmente en los 24.000 millones de barriles por año y sigue aumentando, mientras que sólo descubrimos menos
de 12.000 millones de barriles de petróleo recuperable en nuevos yacimientos en el mismo periodo, e incluso se prevé
que esta cifra descenderá de año en año. En otras palabras, estamos consumiendo casi dos barriles de petróleo crudo
convencional por cada nuevo barril que descubrimos.
El descenso en el número de nuevos descubrimientos y el agotamiento de las reservas probadas adquieren todavía
más gravedad a la luz del aumento esperado en la demanda de petróleo para las próximas dos décadas. Se espera que la
población mundial pasará de 6.200 a 7.500 millones de personas para el año 2020, por lo que la presión sobre las reservas
de petróleo no hará más que intensificarse. El aumento de la población traerá consigo una aceleración del proceso de
urbanización. Eso significa más petróleo para el transporte, la calefacción, la electricidad y la producción agrícola e indus-
trial. Las necesidades energéticas de una población en pleno proceso expansivo impondrán una presión sin precedentes
sobre las reservas de crudo restantes.
Resulta ilusorio siquiera pensar que la población de los países en vías de desarrollo podrá tener acceso algún día a la
cantidad de petróleo per càpita de la que ha disfrutado EE.UU. durante la edad de oro del petróleo. Si China pretendiera
consumir tanto petróleo per cápita como gasta EE.UU. para mantener su nivel de vida, necesitaría 81 millones de barriles
al día: 10 millones de barriles más que la totalidad de la producción mundial de 1997. Si paises como China e India se limi-
taran a incrementar su consumo de energía hasta el nivel per cápita de Corea del Sur, sólo estos dos países necesitarían
un total de 119 millones de barriles al día. Esto es, casi un 50% más del total de la demanda mundial del año 2000.
Con sólo el 5% de la población mundial, EE.UU. consume casi el 26% del petróleo que se extrae en todo el mundo. Sólo
produce el 11% del petróleo mundial y actualmente posee el 2% de las reservas globales.
El norteamericano medio consume unos 3.600 kilos de petróleo, 2.130 kilos de gas natural, 2.336 kilos de carbón y 0´04
kilos de uranio por año. Su dieta energética diaria es el equivalente a tener 58 esclavos energéticos trabajando sin cesar
las veinticuatro horas del día. En su conjunto aportan el 30% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono. Cada es-
tadounidense emite alrededor de 6 toneladas de gases de efecto invernadero.
Pero por lo visto, el 33% de las carreteras del país se hallan en mal estado, un factor que influye en las 13.800 muertes
anuales que se registran en ellas. El 29% de los puentes presentan deficiencias estructurales o están obsoletos. Los aero-
puertos del país están sobresaturados. Las escuelas son viejas y están muy masificadas, el 75% de la infraestructura es
inadecuada para cubrir las necesidades educativas. Algunos de los sistemas de alcantarillado tienen más de cien años y
apenas pueden soportar las demandas actuales. Más de 2.100 embalses han sido clasificados como inseguros.
Las compañías petroleras rusas han invertido miles de millones de dólares en nuevas campañas de exploración y perfo-
ración, y el gobierno ruso ha contribuido a la construcción de nuevos oleoductos hacia el mar Báltico y el mar Negro. El
resultado es que la producción de petróleo rusa ha aumentado hasta los 7 millones de barriles al día en 2002, lo que con-
vierte al país, al menos temporalmente, en el principal productor de petróleo del mundo. Cuatro de cada diez dólares que
ingresan en las arcas públicas proceden de las exportaciones de energía.
Es probable que el nuevo estatus de Rusia en el mercado mundial del petróleo tenga una vida corta. Las reservas de pe-
tróleo de la antigua Unión Soviética no han parado de bajar durante décadas. En 1975 la URSS presumía de unas reservas
de 83.000 millones de barriles. A mediados de los años 90, la antigua Unión Soviética -incluyendo todas las repúblicas que
formaban parte anteriormente de la URSS- reunía unas reservas inferiores a los 57.000 millones.
Todo el mudo está de acuerdo en que dos terceras partes del petróleo que queda en el mundo se halla en Oriente Medio.
Por sí sola, Arabia Saudí posee el 26% de las reservas globales de petróleo.
Hay más de 40.000 yacimientos conocidos en el mundo, pero sólo 40 yacimientos supergigantes -es decir, con más de
5.000 millones de barriles- contienen más de la mitad de las reservas de petróleo del mundo. De estos 40 yacimientos super-
gigantes, 26 se hallan en el golfo Pérsico.
La ratio entre reserva y producción (R/P) lo dice todo. La R/P es el número de años que durarán las reservas de acuerdo
con las tasas actuales de producción.
En EE.UU., donde se ha extraído más del 60% del petróleo recuperable, la R/P es de 10/1. En Noruega la ratio R/P es tam-
bien de 10/1 y en Canadá de 8/1. En cambio, la R/P en Irán es de 53/1, en Arabia Saudí de 55/1, en los Emiratos Árabes de
75/1, en Kuwait de 116/1 y en Irak de 526/1.
Estemos o no preparados, la producción global de petróleo tocará techo probablemente en algún momento entre 2010
y 2020.
Una breve visión histórica.
Hace sólo ciento treinta años, las tres cuartas partes del combustible empleado en EE.UU. era en forma de madera.
En la actualidad, los combustibles fósiles cubren más del 85% de las necesidades energéticas del mundo: el 40% corres-
ponde al petróleo, el 22% al carbón y el 23% al gasnatural. La energía nuclear y la hidroeléctrica aportan un 7% adicional
cada una, mientras que las energías geotérmica, solar y eólica, así como la madera y los residuos sólidos, apenas represen-
tan el 1%.
La Europa medieval había confiado durante mucho tiempo en la madera como principal fuente energética. La espesa capa
forestal que cubría toda la zona nórdica y occidental del continente proporcionaba una fuente aparentemente inagotable de
combustible.
Un factor de tensiones.
China e India están a la cabeza de una trasformación que está teniendo lugar en el mundo en vías de desarrollo. Los paí-
ses más pobres han iniciado un proceso de industrialización, urbanización y modernización, en una carrera por alcanzar los
niveles de vida de que disfrutan los países industrializados de Occidente. Necesitan petróleo y, como cada vez es más es-
caso, se van a ver enfrentados con los países industriales del Norte en una dura competición por acceder a las reservas
restantes.
Es probable que la creciente demanda de petróleo, tanto en los países industrializados como en el mundo en vías de de-
sarrollo, se convierta en el factor más importante dentro de los conflictos geopolíticos del primer cuarto del s.XXI.
La inercia del crecimiento de la población y el consumo de recursos es tan grande que parece imposible evitar el desastre.
La era del petróleo parece anunciar cuando menos tantos costes en el futuro como beneficios ha reportado en el pasado.
A medida que ascendíamos en la curva de la producción global de petróleo, es comprensible que nuestra atención se cen-
trara en la maximización de las ganancias. Ahora, a medida que nos acercamos a la cima y al largo descenso por el otro lado
de la cuesta, debemos dedicar la misma atención a minimizar las pérdidas y a prepararnos para un nuevo régimen energético.
La economía del hidrógeno.
Nos encontramos a las puertas de un nuevo régimen energético cuya naturaleza y carácter es tan distinto del de los
combustibles fósiles como lo era éste del régimen energético anterior basado en la quema de madera.
Hoy día ya se están sentando las bases para la economía del hidrógeno. En los próximos años, la revolución de la in-
formática y las telecomunicaciones se fusionarán con la nueva revolución de la energía del hidrógeno, una potente
combinación que podría llegar a reconfigurar los fundamentos de las relaciones humanas en los s. XXI y XXII.
Si tenemos en cuenta que el hidrógeno está en todas partes y es inagotable, la posibilidad de aprovecharlo adecuada-
mente pondría el "poder" al alcance de todas las personas de la Tierra, lo que convertiría la energía del hidrógeno en el
primer régimen energético verdaderamente democrático de la historia.
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