El apagón permanente
Alberto Piris
Estrella Digital


El apagón que durante unas horas sufrió la semana pasada la región nororiental de América del Norte, a caballo de la frontera entre EEUU y Canadá, fue noticia destacada, no solo en los medios estadounidenses sino en todo el mundo. Los informativos televisados españoles abrían conectando con sus corresponsales en Nueva York, la ciudad más significativa afectada por la avería eléctrica. Los problemas de sus habitantes se difundieron a todos los ciudadanos del mundo. Desde Nueva York a Detroit y desde Toronto a Ottawa, unos 50 millones de personas tuvieron que afrontar las dificultades que supone carecer por unas horas de energía eléctrica y sus vicisitudes nos fueron transmitidas en directo.

Desde cualquier rincón del planeta - al menos en los países desarrollados provistos de amplios medios de comunicación - hubimos de compartir las dificultades de los sufridos habitantes que, privados de los servicios del metro, tenían que volver a casa andando; no podían llamar por el móvil; y veían trastocadas sus cotidianas costumbres. Ni sus neveras enfriaban: un importante diario español se hizo eco, con titular a varias columnas, de la terrible duda que aquejaba al dueño de un restaurante neoyorquino: "Teníamos dos opciones: o tirar la comida o regalarla; decidimos regalarla". ¡Menos mal! nos dijimos, aliviados, los lectores, pensando en los innumerables pobres y vagabundos que pueblan la capital económica del mundo, quienes, por un día, podrían satisfacer comer a gusto. Conviene recordar que, según datos de Naciones Unidas, en los países desarrollados - como EEUU - más de 5 millones de personas viven a la intemperie. La cifra que de éstas corresponde a Nueva York no es desdeñable.

Se discute todavía en EEUU sobre las causas técnicas del apagón y se analizan los problemas de una red de generación y distribución eléctrica tan sensible a las sobrecargas y, al parecer, no suficientemente bien gestionada, lo que revela que el consumo de energía eléctrica en EEUU alcanza peligrosos máximos que no pueden ser bien atendidos. En España se trazan paralelismos de lo que ha sucedido en anteriores ocasiones - cortes temporales de energía en algunas zonas de nuestro país - y se intenta tranquilizar a la población, asegurando que nuestras redes están mejor interconectadas y mantenidas. Los responsables de la energía eléctrica cruzan los dedos y rezan para que aquí no pase lo mismo.

Casi todos los medios de comunicación se hicieron eco de las declaraciones de Bill Richardson, que fue Secretario de Energía en EEUU, quien manifestó a la CNN: "Somos una superpotencia con una red eléctrica tercermundista". Habría que corregir algo esta apreciación y suponer que el señor Richardson no está muy informado sobre ese Tercer Mundo que cita. Porque, si lo estuviera, sabría que (según el "Informe sobre Desarrollo Humano 2003" de la ONU) casi uno de cada tres habitantes del planeta no está conectado a red eléctrica alguna, es decir, unos 2000 millones de seres humanos no tienen un mal enchufe que llevarse a la lavadora.
Su red no es que sea tercermundista: es, sencillamente, inexistente. Los 50 millones de estadounidenses y canadienses que estuvieron sin energía eléctrica algunas horas han recabado más atención de los medios de comunicación que los 2000 millones de personas que carecen de electricidad todos los días del año, es decir, sufren un apagón permanente que apenas suscita el interés de las agencias informativas.

Algunos de los ciudadanos de América del Norte afectados por el incidente carecieron de agua potable durante algún tiempo. En ciertas ciudades, el vertido libre de aguas residuales no purificadas, por estar paradas las depuradoras, hizo peligroso beber agua del grifo o bañarse en mares y ríos, lo que se ha conocido detalladamente a través de los medios de comunicación, que lamentaban, compungidos, la molestia que esto supone en días tan calurosos del año.
Pero convendría tener presente que

1100 millones de personas en todo el mundo carecen de agua potable todos los días del año, haga calor o frío, y que 2400 millones no tienen ningún sistema de saneamiento de las aguas sucias, por lo que viven siempre acompañados de sus propios detritus. Salvo en algún reportaje especializado sobre desarrollo o pobreza, tampoco éstos atraen mucha atención mediática.

 

Tanta diferencia de tratamiento informativo, que ignora a los que viven en apagón permanente y describe con detalle las incidencias de quienes sufren un corte eléctrico durante poco más de un día, no debe extrañar en un mundo donde sin dificultad se acepta que más de 1000 millones de personas luchen por sobrevivir con menos de un dólar diario. Aun a riesgo de irritar a mis lectores biempensantes, me hago eco, para terminar, de lo que Saramago manifestaba en entrevista recientemente publicada: "Cada cuatro segundos en este planeta una persona muere de hambre... Lo obsceno no es la pornografía, sino que alguien pueda morir de hambre". Morir, además, después de haber vivido sin agua potable, rodeados de suciedad y miseria, y en apagón permanente. Y, lo que es peor, morir prácticamente ignorados por el resto de la humanidad. Eso también es obsceno ¿verdad, Saramago?

 

 

Alberto Piris
General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)